Esteban King

Quiero buscar a un amigo en Instagram. En cuanto aprieto la lupita en la aplicación, cambio de pantalla y me aparecen numerosas imágenes y videos; entre otros, el de una señora que parece hablar de comida tradicional, un gatito con cara de asustado, una cabra lamiendo el popote de un vaso de Starbucks lleno de café, un exitoso día de pesca, un bailable del Día de muertos, dos perritos cogiendo, una imagen con un texto que no leo y una habitación subacuática en la que se observan peces y corales. Decido tocar esta última con el dedo –ya ni siquiera es un clic– y descubro la publicidad de un hotel en quién sabe dónde que tiene la peculiaridad de tener cuartos bajo el agua. Cuando termina el video, aparece un oso panda jugando con una pelota, después un león gigante que abraza a su cuidador y luego una maestra de yoga…

A estas alturas, ya no recuerdo ni siquiera a quién estaba buscando. 

Regreso entonces al ícono de inicio y veo el proyecto de una artista que habla de volcanes, seguido de la familia de un contacto que no sé quién es, un meme, una foto que no entiendo, la pieza de una colega artista, publicidad de Best Buy, un video de alguien que viaja por las calles de Buenos Aires, una excompañera del trabajo que está por meterse a una alberca olímpica, otra persona (a la que hace años no veo) en un paisaje lunar, una excompañera de la secundaria que vacaciona en la playa (creo que es Balandra, qué envidia), una pintura horrible publicitada por algo que se llama galería_artetalento, una puesta de sol en la Ciudad de México, el cuadro embalado de otro artista, el video de un encuentro de zines al que no asistí, plantas en el balcón, publicidad que no entiendo qué vende, el estacionamiento de la UACM, la luna llena en la ciudad de Cuernavaca, la publicidad de un mezcal que se ve terrible, seguida de una pieza pictórica de otro colega más…

Esta enumeración podría seguir y seguir, como hacemos todos cuando nos pegamos durante minutos u horas a la pantalla de nuestro celular. Si el Internet ha sido analogado con el Aleph borgesiano, el scrolleo por las redes sociales sería una especie de Libro de arena instantáneo, siempre mutante e infinito, que no se acaba nunca (esto, por no hablar de los stories, que ya ni siquiera necesitan nuestro ímpetu para seguir avanzando). Sin embargo, describir estas imágenes una a una resulta mucho más tardado y complicado que solamente verlas; y es precisamente el momento de la escritura, esa breve ralentización, lo que me hace preguntarme otra vez, como lo he hecho tantas veces, sin estar seguro de la respuesta o de si existe alguna: ¿pero qué hago viendo todas estas cosas, la gran mayoría de las cuales en realidad no me interesa en lo absoluto?

La rápida expansión de la sociedad de consumo, con sus ritmos cada vez más acelerados de producción y obsolescencia, y la revolución digital, con sus redes de conexión global inmediata y sus flujos de capitales financieros, comprimieron el tiempo en un presente devorador, instantáneo y efímero, antes de que terminara el siglo.[…] La revolución digital aceleró las comunicación y el acceso a la información a un ritmo sin precedentes y conectó al mundo en la World Wide Web, pero contribuyó al mismo tiempo a desmaterializar el contacto, descorporizar los lazos sociales, multiplicar el consumo y el control y, sobre todo, inscribir la vida humana en un tiempo homogéneo, el tiempo mercantilizado que describe Jonathan Crary. La intensificación de la integración de la actividad humana a los parámetros del intercambio electrónico no sólo vino a exigirnos disponibilidad, la participación activa, la multiplicación de áreas del tiempo y de la experiencia anexada a demandas y tareas maquínicas sin pausa (hay quien se despierta ya por las noches para consultar mensajes o correos electrónicos), sino que ha neutralizado la visión mediante procesos de homogeneización, redundancia y aceleración”. (Graciela Speranza, Cronografías, Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo, 2017.)

El Internet comenzó a popularizarse después de la caída del muro de Berlín. Años antes, en Estados Unidos y la Rusia Soviética se realizaban investigaciones y experimentos sobre las redes y la interconexión, pero las políticas de la Guerra Fría imposibilitaron abrir estos avances a la sociedad en general. Su expansión sucedió cuando el giro militarista se abrió paso en el libre mercado desde una perspectiva económica que ya no contendía con el comunismo soviético. Su diseminación masiva ocurrió junto con el advenimiento del neoliberalismo y la “globalización”.

El problema, como ha señalado Bruno Latour, es que la red no es nunca una esfera, sino un ecosistema de intersecciones, sin adentro ni afuera. Las redes son buenas para describir conexiones inesperadas y de larga distancia, mientras que las esferas describen condiciones atmosféricas locales. Las primeras funcionan para subrayar bordes y movimientos; las segundas, envoltorios y ambiente. Por este motivo, la globalidad es en realidad incompatible con la noción misma de red. “Globalización”, argumenta este teórico, es un término vacío que no permite definir desde qué localidades, y a través de qué conexiones, se asume que opera lo “global”. La mayor parte de la gente vive en comunidades estrechas y provincias confinadas con muy pocas conexiones a otras provincias igualmente aisladas. 

Las redes planetarias se han convertido en lugares dislocados que generan profunda confusión y dislocación. Desde el inicio sabemos que probablemente no encontraremos lo que estamos buscando, así que aprendemos a realizar búsquedas esporádicas y asimétricas sólo para ver a dónde nos llevan. Esto puede verse y sentirse como si estuviéramos a la deriva, y la noción tradicional o conservadora de fondo siempre intentará desestimar su ruido, sus videos de gatos y su pornografía, su techno malo y su rimbombante arte contemporáneo, pero uno debe ser cuidadoso de no subestimar las distancias masivas que están siendo recorridas al mismo tiempo. Estas distancias “reformatean” rápidamente nuestra conciencia y capacidad cognitiva para absorber mundos completos hechos de contradicciones -no sólo en el lenguaje sino mucho más allá de él. […] Nuestra habilidad para atravesar estas contradicciones bien podría convertirse en la columna vertebral de las telecomunicaciones globales que solíamos pensar eran un Internet. (Julieta Aranda, Brian Kuan Wood y Anton Vidokle, “Introduction” en The Internet does not exist, 2015.)

Recuerdo nítidamente dos frases que han circulado por las redes sociales: “Amo el Internet pero me está consumiendo” y “Extraño mi cerebro pre-Internet”. 

Sin embargo, más que de la época post-Internet, hay quien asegura hoy día que el Internet ni siquiera existe, o que ha muerto. 

Hace años, en un tiempo que hoy parece mítico, el Internet fue un lugar de libertad. Numerosos artistas pusieron de manifiesto la dimensión imaginativa y las posibilidades lúdicas que abría ese no-espacio/multi-espacio/anti-espacio que era el Internet a través de sitios laberínticos y lunáticos. Sin embargo, poco a poco la libertad fue cooptada por intereses gubernamentales y financieros y, del énfasis en los grupos, foros y comunidades, se giró hacia el individuo. Esto se incrementó con el Internet de banda ancha y la aparición de los teléfono móviles. Las redes sociales han acentuado este fenómeno. 

Hoy, el Internet es un espacio de vigilancia y control. Empresas como Cambridge Analytics nos han enseñado que estamos generando perfiles de consumo y preferencias que pueden llegar a determinar, incluso, las elecciones de un país. La vigilancia, los monopolios, la generalización del sentido común, el control, el copyright y el conformismo, son la moneda corriente de la red en nuestros días. 

El concepto contenedor de “redes sociales”, que describe una borrosa colección de páginas de internet como Facebook, Digg, YouTube, Twitter y Wikipedia, no es un proyecto nostálgico con el propósito de revivir el potencial, alguna vez peligroso, de “lo social”, como una multitud enfurecida que demanda terminar con la inequidad económica. En cambio, lo social –para continuar en el vocabulario de Baudrillard– es reanimado como un simulacro de su propia habilidad para establecer relaciones sociales valiosas y duraderas. (Geert Lovink, “What Is the Social in Social Media?”, 2012.)

A mediados de los años sesenta del siglo pasado, Marshall McLuhan señaló que las tecnologías no sólo modifican la transmisión de contenidos, sino que los determinan. Más aún, el teórico canadiense aseguró que el cambio de la realidad mecánica a la del uso de impulsos eléctricos, se tradujo en transformaciones sustanciales en el entendimiento de uno mismo y los otros, la familia, el vecindario, la educación, el gobierno, el trabajo, así como en modificaciones radicales entre lo público y lo privado. McLuhan entendió a cabalidad que la tecnología trastorna absolutamente todo: el entorno, la percepción, la sociedad, el pensamiento. Entendió que la cultura es una tecnología.

El argumento de la “aldea global”, repetida hasta el cansancio como premonición de la globalización, está relacionada con lo que el teórico reconocía como una especie de inmediatez vital “all-at-once-ness”, en la cual, a diferencia de la linealidad que propician el alfabeto y el libro, el tiempo cesa y el espacio se desvanece. Para intentar entender estas transformaciones, McLuhan propuso formas de pensamiento no lineales, experimentos que se avinieran mucho más con la atmósfera inmersiva de las nuevas tecnologías. The mediums is the massage, caleidoscópico collage realizado en colaboración con el diseñador Quentin Fiore, fue una de las herramientas con las que planteó reflexiones críticas sobre este entorno. 

En ese texto, McLuhan asegura que los artistas y escritores pueden ver desde fuera el ambiente de una época, bajo una mirada crítica. A partir de anti-ambientes, piezas o situaciones, los artistas pueden proponer medios para ver y entender mejor los ecosistemas tecnológicos, los cuales no son envoltorios pasivos, sino procesos activos invisibles, difíciles de percibir. No es extraño que hoy en día las obras de McLuhan que jugaban con la relación entre texto e imagen, así como con la inclusión de citas y distintas fuentes tipográficas, sean consideradas propuestas artísticas.

El medio o proceso de nuestro tiempo –la tecnología eléctrica–, se encuentra en reconfiguración, reestructurando patrones de interdependencia social y cualquier aspecto de nuestra vida privada. Nos obliga a reconsiderar y reevaluar prácticamente cualquier pensamiento o acción, y todas las instituciones que antes no valorábamos. […] Las sociedades siempre se han forjado más por la naturaleza del medio con la que el hombre se comunica, que por el contenido de esa comunicación. (Marshall McLuhan, El medio es el masaje, 1967.)

La idea de que el arte puede funcionar como una herramienta para ralentizar el ritmo vertiginoso del mundo en que vivimos es un lugar común, que yo mismo he defendido en distintos textos. Aunque estoy convencido de esto, ¿qué pasa cuándo los artistas y curadores comienzan a publicar desenfrenadamente sus procesos creativos, sus obras y exhibiciones en las redes? ¿Vale la pena mostrar toda la producción de una pieza en Instagram?¿Cómo entender el ímpetu de autopromoción irrefrenable de las redes sociales? ¿De qué es síntoma esta ansiedad?

Nada más el año pasado, Google y Facebook obtuvieron ganancias por 75 mil y 17 mil millones de dólares respectivamente. El 95% de estos ingresos provino de la venta de publicidad. Al rastrear todos los movimientos de los usuarios, estas empresas pueden ofrecer a sus clientes un perfil detallado de los usuarios como consumidores.

La vanidad es una moneda corriente en la era de la autorepresentación digital y las redes sociales, que nos mantiene a todos contentos mientras las compañías hacen jugosas ganancias con nuestros gustos y preferencias. Cada vez utilizamos más estas redes, enriqueciendo intereses oscuros, mientras empobrecemos nuestras experiencias vitales, nuestra capacidad analítica y de retención de información. Pero más que satanizarlas, es necesario empezar a tomar en serio la idea de que la tecnología modifica a la sociedad en su conjunto: nuestra mente, nuestra percepción, nuestras relaciones con los demás. En vez de ser solamente usuarios, vale la pena comenzar a pensar otras formas de comunicación, reunión y diseminación de contenidos. Propiciar otro tipo de experiencias, plataformas y reflexiones críticas.

Me atrevo a decir que no se han sacado todas las consecuencias de La galaxia Gutenberg, no solo porque esto es aplicable a cualquier obra sino porque, intuyo, la respuesta a ese mosaico –o, mucho mejor, a esa galaxia– no puede producirse por los medios del libro, probablemente ni siquiera a través del texto. (Omar Olivares, “Dele clic: reciba un masaje de Marshall McLuhan”, 2018.)

En promedio, los usuarios desbloqueamos alrededor de 100 veces nuestros teléfonos “inteligentes” en un día. ¿Qué implica esto?, ¿no deberíamos preocuparnos?

El problema es que hoy no basta con alejarse de las pantallas táctiles y los teléfonos móviles. El Internet ya no sólo habita en ellos, sino que salió desde hace tiempo al mundo.

En algún momento, eso que ahora se desborda por todos lados se llamó Internet. Hoy ya ni siquiera sabemos bien qué es.