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                                                                                   “por expreso deseo del artista, nunca se reproducen imágenes de sus obras,  pudiendo éstas únicamente verse en el lugar en el que se encuentren expuestas. igualmente, determinadas características tipográficas de los textos referentes al artista o a su obra, responden a especificaciones hechas por él mismo.”1

Tabasco 258 es la dirección de una calle tranquila, una puerta abierta de par en par —y eso que la puerta no tiene doble hoja— donde te reciben un par de muchachos sentados sobre una jardinera frente a un pasillo húmedo de unos cinco metros de largo por algo menos de un metro de ancho; a la izquierda, una habitación tapiada; poco después, los marcos de una puerta que no existe escupen maderas y ladrillos revueltos; el timbre de la luz sobre un taco de madera y, en la última puerta, un zulo blanco de apenas un metro por un metro de ancho y varios metros de alto. Más o menos, calculo bastante mal —no sé cuánto sea bastante, pero sí que lo hago definitivamente mal—. En el centro, un pedestal con una vitrina; dentro, la ¿“pieza”? de Miguel Á. Camacho, segundo participante de este ¿segundo “ciclo”? de cuatro exposiciones individuales que desde el mes de abril de 2016 muestran el trabajo de varios artistas: Natalia Millán, Sofía Hinojosa, Andrés García Riley y el propio Miguel.

La ¿“galería”? no tiene nombre, tiene dirección. Tal vez ése sea su nombre. Las ¿“expos”? no tienen nombre, pero tienen flyer: cuatro cuadrados con cuatro nombres, cuatro fechas, cuatro horarios y una gradación de pantones grises para cada uno de ellos. La exposición de Miguel Á. Camacho, que lleva por título la firma del artista conceptual stanley brouwn, me deja intrigada. No conozco a stanley brouwn. Sin mayúsculas en sus escritos, sin imágenes de sus obras, sin datos biográficos —nacido en 1935 en Paranimbo (Surinam) y residente en Holanda—, ha sido considerado un exponente periférico del arte conceptual de los años 60 y 70 del siglo pasado.

A Miguel le interesa investigar procesos generadores de sentidos alternos, acciones que propicien sentidos distintos a los establecidos convencionalmente, algunas veces considerados absurdos; podría llamarse metafísico por concebir a la idea como soporte, un territorio por explorar, en el que desplazarse y desplazar los límites al mismo tiempo. Es por ello que no encontrarán piezas en sentido recto del término, sino registro y exposición del surgimiento y ejecución de una idea.

La primera vez que conocí a Miguel fue por culpa de una factura con importe cero. Yo trabajaba en una librería especializada en arte contemporáneo y Miguel estaba realizando un proyecto, “Educación fiscal”, que buscaba explorar la relación entre arte y documento así como la incorporación de procedimientos fiscales en el arte, y que consistía en generar una serie de facturas emitidas por agentes o establecimientos relacionados con el arte como Exit La Librería. En la información contenida en cada factura, el establecimiento en cuestión debía consignar una transacción imposible, en el que no se realizaba la compra de objeto o servicio alguno, con importe cero y a nombre del Instituto de Liderazgo en Artistas A.C(2). La factura es un documento tributario de compra y venta que registra la transacción comercial obligatoria y aceptada por ley; tiene por objeto acreditar la transferencia de bienes, la entrega en uso o la prestación de servicios cuando la operación se realice con sujetos del Impuesto General a las Ventas con derecho al crédito fiscal. Con la emisión de estas facturas esa norma queda dinamitada.

Recientemente, Miguel me ofreció colaborar en otra de sus ¿“piezas”? Para ello, debía tratar de averiguar su número de pie y comprar unos tenis —que después serían devueltos—, guardar el ticket de compra, reunirme con él, comprobar si los tenis eran de su número o no, devolverlos y solicitar el ticket de devolución; todo ello debía llevarse a cabo en un solo día y el nombre de la pieza dependería de mis dotes de adivinación. Finalmente la pieza lleva por título “No me quedaron los tenis”. Las instrucciones fueron claras, concisas. Como en “Educación fiscal”, “No me quedaron los tenis” desata reflexiones sobre la naturaleza especulativa de las transacciones comerciales, ya que ninguna de éstas fue como tal compra de un producto o servicio. El tiempo es un elemento clave en esta obra de registro, pues el tiempo en el que se realiza la obra es el tiempo exclusivo en el que ésta está activa; la exposición y muestra de las pruebas —parece que la cultura oral sale perdiendo— es el sello que al final imprime el artista para darla por terminada.

En esta ocasión, y a modo de excusa, la exposición nos hace partícipes de la obra de brouwn a través de la de Miguel: una clase magistral para el público y un mensaje en una botella arrojada al mar. La pieza registra una acción que involucra a ambos artistas: Miguel debía medirse la cabeza con un cordón y enviar dicha medida, que es medida y medición al mismo tiempo, por correo postal a stanley brouwn. La vitrina de la exposición contiene la impresión del rastreo del sobre por paquetería y el recibo de la orden de envío con los datos del destinatario y del remitente: la prueba. No hay rastro del cordón.

Tengo los pies pequeños, no sé cuánto: si mucho o poco. No sé cuántos centímetros miden mis pies, ni el izquierdo ni el derecho. Tampoco sé cuántos pies mide el pie de stanley brouwn, pero seguro que Miguel Á. Camacho es capaz de llamar a su puerta y preguntárselo. Vive lejos, a no sé cuántos miles de centímetros, de pies –grandes y pequeños— arriba de una montaña que se ve desde la azotea del edificio en el que vivo yo. Se desplaza diariamente kilómetros y kilómetros con dirección de ida y vuelta, del sur al norte de la ciudad. Cuando llega al sur, aún viaja otras dos horas.
Parece absurdo vivir en la Zona Metropolitana del Valle de México, incluso más allá, y no obsesionarse con las distancias. Lejos de caminar como práctica política, Miguel se desplaza entre la multitud y se confunde con el que nadie conoce, el que guarda silencio, al que nadie recuerda, y se pierde entre la distancia que recorre desde A hasta B, en metro, metrobús, camión, pesero, a pie o en trolebús. Registra, observa y guarda silencio. Miguel aún viaja, recorre largas distancias de manera cotidiana sin ese afán de brouwn por crear conciencia de movimiento, se abstrae de la conciencia a través del movimiento: ejercita el desplazamiento como práctica de supervivencia. En definitiva ambos trabajan con la distancia, pero con diferente dirección.

Yo tenía un amigo, una de esas extrañas amistades filosóficas, que se recluyó en un pueblo medieval para terminar de redactar su tesis sobre Deleuze; contaba los pasos de su casa a la carnicería, de la carnicería al parque y del parque a su casa. Todo se reducía al paso. No sé cuántos miles de pasos habrían de contarse para llegar hasta la casa de Miguel desde Tabasco 258. Es imposible pensar en el proyecto “del 18 de marzo al 18 de abril de 1971 yo conté cada día el total de mis pasos con un contador manual” (en el que brouwn recorrió Marruecos, Argelia, Bélgica, Francia y España: un inventario de los pasos dados anotados en distintas tarjetas mostradas posteriormente) y no imaginarse a Miguel siguiendo sus pasos.

A quienes ya conocieran la serie “this way brouwn” les resultará inevitable pensar en los papeles esparcidos por el suelo de la calle y recogidos después con las pisadas de los viandantes, o en aquellos casos en los que las indicaciones verbales dejaban la hoja en blanco intacta. Pareciera que entre lo escrito y lo oral, lo escrito tuviera más peso sobre lo hablado, más peso como prueba; pero al parecer “la gente hablaba más de lo que dibujaba” por lo que gran parte de la comunicación es equívoca, confusa y genera malinterpretaciones: hay cierta dificultad en entender cuándo lo que está claro requiere ser explicado; cada quien desarrolla una relación con el espacio, una manera de caminar, de andar, de comprender los sitios: una retorica individual.

A diferencia de brouwn, cuya obra precisa de la participación del público y se despliega a través de una concepción subjetiva de geografía, distancia, dirección, escalas y dimensiones construida a partir de la perspectiva individual y empírica de los transeúntes, On Kawara crea registros en “Today Series” de la cotidianidad a partir de sus propios trayectos, de su rutina, plasmados en mapas que reflejan su relación espacial con el entorno —esta vez sin la mediación de otros, es él mismo el objeto de estas mediciones, distancias y registros— traslada el espacio a un papel —un mapa—, reduce las distancias a medida para dar una visión “general” de los trayectos. La obra “I Went” (1968-1979), recogida en doce volúmenes de mapas con recorridos subrayados en rojo y fechados el día en que se realizó cada uno de ellos, es una prueba, registros en papel —sobre el mapa— y evocaciones de su experiencia íntima como caminante y explorador de los lugares en los que se realizaron las caminatas.

Aunque Kawara comparte con Miguel y con brouwn esa obsesión por la medición del tiempo y su registro en un objeto que perdura, se ensimisma en sí mismo; por el contrario, Miguel Á. Camacho se abstrae de la experiencia íntima del espacio y se enfoca en el desplazamiento, en el movimiento mismo. Concibe el movimiento como acción y cuestiona el principio de acción que rige un plan programático, una forma pre-establecida y unidireccional de ordenar el estado de cosas circundante. Su intención es la de desvelar otros sentidos contenidos en las acciones mismas, las potencias que no se actualizaron y los otros mundos posibles que no fueron.

Si toda acción sigue un método de ordenación de la masa informe, un procedimiento que se asienta sobre una categorización conceptual, para brouwn y para mi amigo el deleuziano, el leit motiv que da orden a todo es el paso, su propio paso, el suyo propio. Es por eso que tal vez ahora podamos suponer, y tal vez no equivocarnos, al considerar que los pies de stanley brouwn miden lo que miden exactamente sus pies y que la acción responde entonces al interés por repensar el concepto de distancia; sigue un plan de acción: tomar medidas de ese mismo entorno circundante —las medidas de un edificio, las distancias entre lugares— en función de sus propias medidas el pie-sb (foot stanley brouwn), al margen del sistema métrico decimal.

Comparar una medida —el espacio mesurado entre dos puntos: la distancia entre San Miguel Ajusco y la calle Victoria en la colonia Centro de la ciudad— con su respectiva unidad —el kilómetro o los pies—, unidad que como tal responde a una mera convención establecida desde cierta subjetividad —el sistema métrico decimal— necesaria para poder orientarse y comprender la totalidad —la distancia—. Es por ello que ese espacio mesurado entre dos puntos del que hablábamos antes, medido y contado ahora según la propia medida —foot stanley brouwn— queda ordenado. Ordenar, reducir, categorizar, editar, a base de contar pasos. Tal es el principio de la acción —mejor que pieza— de brouwn, la medición de distancias, el cálculo, el conteo de pasos.

Lejos de acotar, Miguel Á. Camacho aún está buscando su propia medida, la busca en la mera acción del desplazamiento. Si para alguno es imposible pensar en movimiento, para Camacho ésta es una premisa necesaria: desplazarse; de ahí su desinterés por notar la presencia en los mapas, dispositivos convencionales diseñados para no perderse, para ubicarse, para reconocer. No divide, matiza, define. Su postura muestra el deseo de ubicarse en otro espacio, de otra manera, y su teoría del conocimiento abandonó hace tiempo ya tópicos modernos como la ciudad para internarse en el bosque donde parafraseando a Benjamin: hay que saber perderse.

Ahora sé que Miguel tiene los pies un poco más grandes de lo que yo imaginaba. Es curioso todo lo que uno puede acabar sabiendo de alguien a partir de conocer cuánto mide su pie.

                                                                                                                                                       Blanca Sotos

Ciudad de México, 2016

1 Nota a pié de página en la información remitida a los medios por el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo sobre la exposición stanley brouwn. Obras 1960/2005.
2 Obra del artista Vicente Razo, fue consignada legalmente por un abogado con un acta correspondiente, avalado por una notaría y expuesta en el MUCA Roma en en 2012 dentro de la exposición El crimen fundacional.